sábado, 6 de marzo de 2010

LA NIÑA DEL LAPIZ MARRÓN

Publicado por Miguel Ángel Santos Guerra el el blog EL ADARVE.

Me preocupan mucho los efectos secundarios del sistema educativo. Entre otros, el aplastamiento de la creatividad, de la espontaneidad y de la inventiva que puede acarrear una práctica rutinaria, repetitiva y homogeneizadora.

Bastaría comprobar el clima de una aula de educación infantil y compararla con un aula universitaria. Entre una y otra experiencia han pasado muchos años en los que se ha primado la repetición, el silencio y la rutina. El color del espacio, el calor de las relaciones, la efervescencia de las iniciativas, la diversidad de las actividades, la viveza del diálogo, la espontaneidad de las intervenciones de un aula de infantil tienen poco que ver con la rigidez y la frialdad de muchas aulas universitarias.

“Enfrentemos la realidad, lo que la escuela hace, por la general, es interrumpir continuamente los intentos de los niños de retomar la altamente concentrada intensidad del juego”, dice la autora del hermoso libro que voy a comentar a continuación. Se titula “La niña del lápiz marrón” y lo ha escrito Vivian Gussin Poley, prestigiosa maestra de infantil, en la Editorial Amorrortu. Vivian recibió el premio McArthr Award por su labor pionera en la técnica de narración de historias en el aula .

Hace bien la autora en decir “en general”.Y yo hago bien en subrayarlo. Para que nadie que pone toda su carne en el asador se sienta acusado o acusada de poner zancadillas a la creatividad. Para que ninguna persona que dedica su vida a cultivar el ingenio se sienta metida en el saco que lleva una etiqueta negativa.
Dice esta ilustre maestra (no sólo son ilustres los académicos): “yo también necesito que en la clase haya pasión. Necesito la intensa preocupación de un grupo de niños y maestras que inventan nuevos mundos mientras aprenden a conocer recíprocamente sus sueños. Inventar es estar vivo, Más que a la ausencia de calificaciones, yo me resisto a la ausencia de imaginación…”.

El libro del que hablo nos muestra la vida de un aula en la que los niños se entregan al análisis de cuentos de un autor italiano llamado Leo Lionni. La profesora explora en una experiencia nueva para ella, ya que nunca ha dedicado el curso entero a estudiar la obra de un solo autor.

Las diferentes obras que estudian los niños dan paso a la exploración de interesantes cuestiones sobre la vida, la raza, el amor, las relaciones, el poder, el género, la muerte…

A través de Frederik, el ratón, de Tico, el pájaro sin alas, del cocodrilo Cornelius, de Mancha Azul y Mancha Amarilla… los escolares van entretejiendo diálogos espléndidos, elaborando pósteres y desarrollando las necesidades humanas esenciales: crear y pertenecer.

Renney es el gran descubrimiento de la maestra. Renney es una niña de cinco años, de raza negra, inteligente, vivaraz y simpática, a la que le encanta escribir y dibujar con un lápiz marrón. De ese color precisamente pinta a las personas de su misma raza.

- Esta niña marrón que está bailando soy yo, dice mientras fija un dibujo en la pared.

Resulta muy aleccionador ver cómo interactúan la niña y la maestra. Cómo Renney, la niña del lápiz marrón (la única niña negra de la clase), activa el pensamiento de Vivian, su maestra, y cómo la ayuda a descubrir vertientes nuevas y dimensiones insospechadas.

Me gusta la actitud abierta de la maestra que la abre a múltiples aprendizajes. Hay facetas en las que reconoce que los niños son mejores que los maestros:

- “A veces trato de recordar el orden en que fueron colgados los pósteres. En eso los niños son mejores que los maestros: Frederik es número uno; Tico es número dos; Cornelius es número tres…”.

Resulta muy importante esta actitud abierta que nos sitúa frente a nuevos aprendizajes. Lo cual supone atención, flexibilidad, humildad y curiosidad sin límites. Dice Vivian Gussin en su libro:

- “He conocido maestros que eran como rocas: nada podía moverlos ni hacerlos cambiar. Y hasta a veces creo que yo fui así. Todos los caminos que emprendo en estos días llevan hacia adentro…”.

A la clase acuden los familiares de los niños y de las niñas para contar historias: el papá, la mamá, un abuelo… Hermosa iniciativa que permite compartir un proyecto conjunto de narraciones que cultivan actitudes de gran valor educativo.

Me ha gustado el relato que hace Vivian Gussin de lo que sucede en el aula. Es hermoso y aleccionador. Cuántas veces he instado a los docentes a escribir sobre aquello que hacen cada día en las aulas. Es un ejercicio magnífico para quien escribe. Porque la escritura nos ayuda a domar el pensamiento errático y caótico que muchas veces tenemos sobre la educación. Y otra cosa: gracias a que esta maestra se decidió a escribir podemos ahora leer su delicioso libro y aprender de su experiencia. Por eso escribir es multiplicar y compartir los aprendizajes.

Me llama la atención la energía vital y el apasionamiento docente de la profesora Vivian Gussin en su último año de trabajo. Y me lleva a una importante preocupación que me invade desde hace tiempo: ¿Cómo envejecemos los docentes? A medida que vamos teniendo más años, ¿qué nos va pasando? ¿Nos hacemos más qué? Más optimistas, más trabajadores, más sensibles, más solidarios, más humildes, más felices… O, por contra, ¿nos vamos haciendo más pesimistas, más perezosos, más insensibles, más insolidarios, más orgullosos, más desgraciados…?

“Sólo un milagro podrá sostenerme cuando mis pies ya no me lleven al aula 284”, dice Vivian Gussin. Qué diferente actitud a la de quien está esperando la jubilación como si de una salida de la cárcel se tratase. Hermoso libro. Hermosas gentes quienes lo habitan.