sábado, 6 de febrero de 2010

LA CLASE DE LA AZAFATA

Interesante reflexión del profesor Miguel Ángel Santos Guerra publicada en el blog "El adarve".

Se está imponiendo en casi todos los sistemas educativos del mundo el enfoque del currículo por competencias. Me parece muy bien, aunque el modelo encierre sus riesgos (hay quien ha entendido que se trata de una vuelta a los objetivos operativos de Mayer o a las taxonomías de Bloom).

Es necesario huir de la escuela academicista, memorística y teorizante en busca de otra que brinde aprendizajes prácticos, integradores, aplicables, significativos y, por ende, motivadores. Se trata de saber, de saber hacer y de querer hacer. Se trata de incorporar complejos sistemas de acción y de reflexión. No es que la actual escuela no trabaje las competencias. Claro que lo hace, pero precisa profundizar, sistematizar, planificar, actuar y evaluar de forma más rigurosa según el modelo competencial.

 

Pienso en esta cuestión mientras la azafata del vuelo imparte “una clase” estereotipada, teórica y estéril. En primer lugar, da la explicación de una forma mecánica y rutinaria, de idéntica manera para todos los pasajeros y pasajeras. Da igual que entre los viajeros haya un piloto con muchísimas horas de vuelo, un ciego que no está viendo los gestos, un sordo que no está oyendo la explicación que se emite por megafonía, un señor que ha volado miles de veces o una chica que viaja por primera vez. Para todos y para todas la misma explicación. Los mismos métodos, los mismos gestos, las mismas palabras, el mismo tiempo. En algunos aviones lo hacen a través de una pantalla en la que una persona da la explicación, previamente grabada.

Cuando termina se remite a unos materiales que están en el respaldo del asiento anterior. Pocas veces he visto que alguien se dirija a consultar esas instrucciones. Y nunca he visto a alguien extraer el chaleco y comenzar a experimentar para aprender lo que le han explicado de forma práctica.

¿Qué han entendido los “alumnos” del avión? Nunca se sabe, porque nunca se comprueba. Digamos que a la azafata le da exactamente igual. A ella le pagan por hacer lo que hace. Nunca he visto que pregunte a los pasajeros: ¿sabéis por qué es importante aprender lo que he explicado?, ¿hay alguien que no lo haya entendido? ¿Alguna pregunta que hacer? ¿Está todo claro?

Si alguien no entiende los idiomas en los que explica, pues qué le vamos a hacer. Allá él. Nunca he visto tampoco que, al terminar la explicación la azafata se dirija a un pasajero y diga:

- Venga, a ver, usted, ¿qué ha entendido ¿Dónde está el chaleco? ¿Cómo se saca? ¿Cómo se coloca? ¿Cómo se usa? Por favor, póngaselo.

No sé cómo se sentirá la azafata al ver la actitud desatenta de muchos de sus improvisados alumnos. No sé qué pensará de la situación. Si realmente le importase que aquello que explica sea aprendido, esa desmotivación resultaría insoportable.

La similitud con algunas clases va más allá de lo dicho. Por ejemplo, hay poca creatividad en la forma de explicar. Es más, probablemente una azafata que se quiera salir de la norma, que quiera innovar en la forma de explicar el contenido de su mensaje, será convenientemente amonestada. “Aténgase a lo prescrito”, le dirían.

He oído miles de veces la misma explicación de la azafata (o del azafato) pero, estoy convencido de que yo no sabría actuar de forma conveniente en caso de emergencia con esa somera explicación. ¿Por qué? Porque se trata de una explicación meramente teórica, estereotipada, más conducente a cumplir una norma que a solucionar un problema o a propiciar una competencia.

Se trata de una explicación que nadie piensa que vaya a necesitar. De hecho se ve a muchas personas que están leyendo el periódico, dormitando en su asiento o hablando con quienes están sentados a su lado. No prestan la más mínima atención. Otros miran por la ventanilla o concentran su atención en las bonitas piernas de la azafata o en el esbelto porte del azafato. Si lo que se pretende es que aprendan a ponerse el chaleco salvavidas esta metodología es completamente ineficaz.

¿Qué sucedería en el caso de una emergencia? Qué diferente situación. Cada uno vería colgada su vida de ese sencillo aprendizaje. Y pondría el máximo interés en escuchar la explicación y, sobre todo, en llevarla a la práctica, en aplicarla. Entonces habría un aprendizaje significativo.

Si cada uno tiene su chaleco, si lo saca, se lo pone y lo utiliza, aprenderá a hacerlo. Si solamente escucha, aunque sea con atención, tendrá dificultades prácticas para hacerlo. Si lo aprende bien, podrá transferir ese aprendizaje a un nuevo contexto.

Y eso que la azafata hace en el avión lo que en algunas clases no se hace, que es mostrar el chaleco y explicar con él cómo habría que proceder. Lo que habitualmente sucede en las clases es que los chicos oyen, pero no ven y no hacen. Y hacer es el mejor modo de aprender. Uno es competente porque sabe hacer y porque sabe qué sentido tiene lo que hace. Una persona competente no es un autómata.

¿Cómo habría que evaluar ese aprendizaje? ¿Bastaría con hacer unas preguntas teóricas? ¿Sería suficiente una prueba objetiva de opciones múltiples en las que marcar con una cruz la respuesta correcta? ¿No sería mejor que cada pasajero, para mostrar si realmente ha aprendido, se colocase el cinturón de manera rápida y correcta?

Si, después de hacer la evaluación se comprobase que muy pocos saben colocárselo, ¿a quién habría que achacar el fracaso? ¿Sólo a los desatentos y torpes pasajeros? ¿O, también, a quien diseña una forma tan mecánica y estereotipada de enseñanza?

La competencia no es una mera destreza. Toca la esfera de las actitudes, de los sentimientos y de los valores. Apreciar la propia vida y la de los demás, ser conscientes de la responsabilidad de actuar correctamente y discernir por qué es mejor hacer una cosa que no hacerla son aspectos cruciales para un aprendizaje relevante.

5 comentarios:

Pepe dijo...

Otra vez genial. Tal vez sea uno de los post que más me ha gustado. Añadiría que no solo has dado una lección sobre el aprendizaje, si no que lo has cargado de contextualización, y te lo dice alguien de Melilla que tiene que coger el avión con cierta frecuencia.
Un saludo y ánimos para crear entradas tan buenas como ésta.

Juan Carlos Muñoz Díaz dijo...

No es mía, ya quisiera yo, este post es del profesor Miguel Ángel Santos Guerra.

C.A.D. dijo...

Muy bien la reflexión ¡¡muy buena la parábola!!, en estos precisos instantes acabo de ver una clase de fútbol "azafata": un grupo de alumnos en varias filas , una línea de conos, un profesor( de 34 años, no un veterano...) que observa l@s alumn@s van y vienen con un balón...¿ qué ha cambiado de los últimos 30 años? ¡¡Eso ya lo hacía yo en el 84!!... como los discursos las azafatas /os nada ha cambiado...
la resitencia al cambio, el profesorado universitario, una escuela inmovilista...
ufffff!

TEBY dijo...

Magnífica la reflexión, pero el problema es la formación, estamos preparados o nos han preparado a los maestros noveles (yo llevo tres años trabajando, me considero novel) para ser competentes, se preocupan las Universidades de formar adecuadamente a las promociones de maestros, o se dedican precisamente a dar clases azafatas..... el cambio es díficil por eso mismo. Porque luego cada uno aplica la experiencia vivida....y desgraciadamente solo unos pocos nos preocupamos por mejorar día a día.

Anónimo dijo...

Hola. Me ha gustado tu post, he llegado aqui de casualidad. Te cuento: Soy tripulante de cabina(azafata) desde hace 12 años. Con lo cual llevo esos mismos 12 años "impartiendo" esas clases a las que haces referencia. Muy pocas personas atienden las demostraciones de emergencias que hacemos en cada vuelo. Tambien a mí me gustaría saber por qué. Poco apego a la vida? Excesiva confianza? Es algo que no logro entender. Cuando en un vuelo viene una persona ciega, sorda, disminuida fisica...se le hace un briefing especial y personal. esa persona ciega sabe los pasos que tiene hasta la salida de emergencia mas cercana, ha tocado el chaleco, se lo ha puesto y sabe como funciona porque nos encargamos de enseñarselo, es parte de nuestro trabajo. Lo mismo que los sordos,personas en sillas de ruedas o con movilidad reducida, etc... Suelen embarcar antes que el resto del pasaje, aunque si no lo hacen, igualmente se les realiza la demo personal. Es responsabilidad de cada uno atender y escuchar las instrucciones que damos. Yo no puedo obligarles, ni mandarles a callar cuando, mientras les enseño como salvar sus vidas, ni me miran, ni me escuchan e incluso alzan la voz porque la nuestra les molesta en sus conversaciones. A veces es solo cuestión de educación. Por el contario, hay otros muchos, que aun volando de manera frecuente, conociendo a la perfección el modelo de avion, localización de salidas de emergencia, funcionamiento del chaleco y máscaras de oxigeno, atienden con atención. Tambien nosotras valoramos a nuestros pasajeros. Me gustaría que las personas fueran mas conscientes del medio en el que viajan,que lo conocieran y lo respetaran, al igual que a los profesionales que nos dedicamos a la aviación. Yo suelto esa retahíla por los altavoces, no por costumbre ni por molestar. La suelto con gusto porque salva vidas.

Un saludo.

Gloria.